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ISSN 1989-4163

NUMERO 43 - MAYO 2013

García Alix

Lalo Borja

Hace unas semanas en Madrid tuve la casualidad, la memorable ocasión, mejor, de hallarme frente a frente con el trabajo fotográfico de Alberto García-Alix.

La muestra denominada Patria Querida responde a los requerimientos de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, cuya iniciativa busca promover diversas perspectivas fotográficas, originadas a partir de, y sobre, la exploración visual del  Principado de Asturias.

Nada de lo visto anteriormente de este gran artista me había preparado para asimilar lo hallado en esta magnífica exhibición. Su visión personal, irreverente, altamente creativa, salta a la vista en cada uno de sus cuadros.
Sus fotografías exploran extensamente composiciones donde la contrapicada y los primeros planos favorecen la utilización de la profundidad de campo.

Los paisajes de la región fuerzan la imaginación en la medida que nos dejamos llevar por perspectivas que nacen y mueren en bosques, en insondables cañadas  donde reposan nubes livianas, en colinas de un gris profundo, o cielos que sirven de fondo a sorprendentes planos donde reina una arquitectura en apariencia sin importancia.
Las reproducciones en gran formato de lo que pueden ser negativos de 6x6 descubren la uniformidad de oscuros grises de una belleza casi ajena a la belleza ya entendida, y aprendida, en el trabajo de muchos paisajistas más conocidos, pero quizá menos dados a responder al reto que enfrenta el fotógrafo en Patria Querida.

Su transformación fotográfica del paisaje asturiano involucra por igual a seres y animales; casas viejas y retorcidas calles en pueblos que evocan caprichos de ensueño.

Vemos aparecer en las imágenes un aire dulce de aceptación, aun en lo agreste  de sus colinas brumosas, sus atormentadas curvas o en la casi incongruente inclusión de una ramita que enmarca a lo lejos un monte semicubierto de brumas.

Es allí cuando llegamos a comprender el título del asunto, que en principio parecía irónico. Mientras avanzamos por entre las austeras galerías del centro Conde Duque, vemos desaparecer el velo del prejuicio al ver brillar la mirada juguetona de un García-Alix a quien siempre hemos visto duro, a veces implacable, en su misión de retratar el género humano.

La muestra, un compendio de imágenes de corte personal incluye retratos y auto-retratos, paisajes muchas veces sombríos, para terminar siendo un enorme retablo de instantáneas salidas de la mente creativa de este gran fotógrafo español.

Mi conocimiento previo del artista (León, 1956) me había llevado a admirar su visión particular de una España donde conviven elementos de fotografía callejera y muchos interiores donde no hay trucos ni engaño.

En 1999 el Ministerio de Educación y Cultura de España le otorgó el Premio Nacional de Fotografía. Lo suyo es la búsqueda de algo verdadero expresado por medio del retrato. Éste puede ser en ocasión brutal en su registro: personajes marginales, mucho cuerpo tatuado,  mucho genital desplegado sin pudor y la realidad de la droga vista de manera honesta y sin tapujos en el puro blanco y negro de sus atrevidas composiciones.

En declaraciones a El País de Madrid, en referencia a su técnica el artista ha dicho que “es siempre lo mismo, lo único que debo hacer es estar pendiente con la cámara de sentir una revelación visual, una revelación que me obliga a mirar allí donde quiero mirar; nosotros lo vemos todo, pero la cámara crea una fragmentación donde debo reconocer los sentimientos míos y los de lo que veo”.

La obra general del artista puede verse en su página web:
http://www.albertogarciaalix.com/obra/

 

 

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